LA LUZ DE LAS PALABRAS

¿Dónde estoy? ¿Y qué día es hoy?
¿Qué lugar es este que, sin ser el de siempre, no me resulta extraño?
Distante en el tiempo, sí, pero cercano en mis sueños.
Es un lugar baldío de montes y canchales.
¿Por qué yo lo conozco y para qué aquí vuelvo?
después de haber vivido por tantos,
tantos años, en parajes distintos,
compartiendo abundancia y escasez, todo al tiempo.
¡Ah, sí!, ya lo voy recordando, ya lo recuerdo, fue…,
fue hace muchas lunas, cuando era muy joven.
Recuerdo los dolores en mis pies agrietados de pisar guijarros,
y las manos abiertas de tanto romper tierra, de tanto cortar leña,
y mis sentidos locos por encontrar la luz en la noche cerrada,
la luz de las palabras que fluían rabiosas de mi boca hambrienta,
del corazón inquieto por cambiar aquel curso del río de mi vida.
Y una mañana gris, presagio de otro invierno que ya se olfateaba,
escondí, en un lugar abrupto de difícil acceso,
rodeado de rocas y de espesa maleza, escondí mis palabras,
escondí mi ilusión, mi alma de poeta recién representada.
Salí a buscar un sueño con que calzar los pies y descalcé mi alma,
me fui abriendo caminos entre riscos y zarzas;
entre sombras y luces, estas, más bien escasas,
salí a buscar un mundo que abrigara esperanza,
y dejé atrás ocultas, como las madres guardan
ante un peligro cierto a sus hijos y escapan,
para volver un día, cuando barruntan que el peligro escampa.
Allí dejé yo ocultas mi luz y mis palabras.
Hoy he vuelto a buscaros, hijas de mis porfías en el fondo del alma,
las que dejé escondidas dentro de la montaña;

deshecho el camino vuelvo, de la angustia a la calma.
Encontraré en mi ayer la luz que me cegaba,
la fuerza de la vida que allí dejé enterrada,
el canto de los pájaros, el pleno de la nada,
el reír de riachuelos que en sus zigzag del agua,
entre juncos y piedras canciones me regalan.
Y ese manto invisible que el furor amansa,
perfume de los campos que cada noche exhalan.
Allí, en mi ayer enterrado después de esta escapada,
vivida tantos años apuntalando el mañana,
allí me haré presente a una hora temprana
con un chusco de pan y el agua, en mi posada.
La poesía, la tonada, son el sudor del alma acalorada
que brota de lo hondo, de donde nacen y acampan
las penas y alegrías, rencores y venganzas.
Allí, en ese manantial de luces y esperanzas,
allí quiero vivir desde hoy hasta que dé, mi última peonada.
Las pieles atrofiadas que envuelven el pasado vestirán mi ermitaño,
y pasaré los días sentado en el umbral desde hora temprana,
esperando que Dios me ayude cada noche a romper la mañana,
con luces y con sombras colgadas de palabras, como las de mi antaño.
Recompondré de nuevo mis pasos, mis anhelos,
devolveré a las charcas los sapos que tragué,
despertaré las ansias que ayer aletargué
y envuelto en una nube volaré hasta los cielos.
Pero espérate un poco, Señor del firmamento,
déjame que revuelva con paciencia y destreza
la tierra de mi infancia y rompa su maleza,
antes de que tu hoz me siegue y me abandone en las manos del viento.